domingo, 26 de agosto de 2007

El pescador y la cámara (cuento)


(Literatura de ficción)
El pescador y la cámara


Desperté antes que el reloj. Cambié el atuendo de médico por el de pescador. Tomé un desayuno ligero y bajé la escalera sin saber a qué hora de la tarde la volvería a pisar. No tenía otra alternativa: la escasez prolongada es hambre.
Llegué a pie hasta el Malecón y en la ponchera de Prado inflé la cámara para lanzarme a la contaminación de la bahía.
La mayoría de los pescadores se tiran de noche y no soy la excepción. Sin embargo, decidí hacerlo una vez por la mañana.
Comprobé que la cámara me soportaba y remé más allá del Morro, a tal distancia que divisé el lado de la salida del túnel.
Dije que por la mañana me tiré. Pero el día se fue oscureciendo. Se hacía menos visible y, en un descuido, dejé caer el remo. No importa, me animé, regreso de manos.
Encarné el anzuelo y lo lancé. Inexplicablemente perdí el conocimiento. Por la noche abrí los ojos y las olas me presionaron hacia las profundidades. No veía sino tinta negra que me manchaba y el gusto salado hizo empinarme de una botella de agua. El sonido de las olas me habló en otro dialecto, como si me dijera que viajaría lejos.
Fue como sentarse en un ómnibus al revés: quería regresar y me alejaba. Vi la pista marítima que se le hacían huecos, pequeños, grandes, muchos más grandes, mayores y mayores. Las ondas que abrían, me podían tragar. Desde arriba escupían y me mojaban. Empapado y segado, perdí la ubicación de donde estaba.
Cuando uno está perdido le pregunta a un transeúnte la parada o las señas del lugar adonde va. Sin embargo, me vi solo y comprendí que la soledad absoluta es como esperar la muerte.
Recordé los retratos de mi esposa, de mi hija, me vi yo. Pero era otro. Seco, vestido, de pie. Aquí estaba agachado, mojado, me movía de posición, cuando la circulación me obligaba a estirar las piernas y darle patadas a la noche.
Ya dije que me tiré de día y olvidé llevar una vela. No podía ver nada.

Sentí sacudidas. Me pregunté qué sería o quiénes lo harían. Mi cámara era mi salvavidas. Me aferré a la malla como si me esposara a ella. Acurrucado, descansé la espalda y observé con el sexto sentido que una fuerza me viraba.
Los vaivenes empezaron a darme náuseas, vomité el pan sin grasa y la leche de cerelac. El estómago brincaba como si quisiera salirse por la boca y los demás órganos se empujaban. Los latidos como punzadas perennes saltaban de miedo ante el desconocimiento de las vibraciones.
Me hundí en el agua. El desliz me hizo tragarla. Sentía la sal envenenada, el colapso de los pulmones. Sabía que los glóbulos blancos se tornaban de otro color, mientras los rojos reventaban. Me vi en mi consultorio. Buscaba medicinas.
No podía gritar. Debía hacerlo si viera a un barco. Nadie me escucharía “envuelto en la noche; tapado con las sábanas del vendaval, con la humedad”, como lo leí en una novela. Volví a la superficie y las primeras respiraciones me devolvieron la visión, en la cual aparecía una lechuza rojiza. Encima de mí, como un helicóptero, quería posar sus garras y escarbar con su pico en mi cabeza. ¿No estaría cansada también? Sacarme las circunvalaciones de mi cerebro, y con ese hueco me hundiría.
Equilibré la vista y pude ver con claridad que muy cerca flotaba algo extraño. La lechuza voló al ver que vivía. Nadé hacia lo ignoto que me devolvió el a-be-cé de la vida. Descansé encima.
De pronto, sentí otro cuerpo. Rocé otra existencia. Contemplé en el fondo luces fosforescentes: eran los ojos de los tiburones que, desordenados, nadaban a diestra y siniestra, subían  hacia mí y volvían.
Mi piel se parecía a la de un gallo desplumado, los poros a punto de reventar por los escalofríos. Mis sufrimientos sobrepasaban a los condenados a la horca. O la guillotina que bajaba su filo. En esos momentos la fuerza de gravedad se imponía peligrosamente.
Mas yo estaba vivo, sin derecho a un abogado, sin más dios que la  Realidad de la vida con la esperanza de la muerte por mi educación atea. No estaba dormido, cuando vi a la estrella polar que se parecía al ojo tuerto de la noche.
Deseaba que me hicieran una broma: que me amarraran desnudo en una plaza pública y desatarme y marcharme con la vergüenza de mi cuerpo en medio de las risas.
Para colmo sentía sed. Supe que había perdido todo. El hambre en medio de un desierto se podía aguantar. Sin embargo, no podía escupir. Pensé orinar en mis manos y lograr un circuito fisiológico. Al menos en la tierra podía avanzar, explotar las extremidades inferiores, pero aquí era inválido. Quedé a merced de la Casualidad.
Juré que si sobrevivía, iba a ser útil a la sociedad. Inclusive, trabajaría gratis. Ojalá fueran mi mal y quien sufriera la  inflamación... no... que no padeciera mi desgracia.
Ya expresé que estaba encima de algo flotante: era mi cámara. Volví a mirar hacia abajo. Los bruscos movimientos de los depredadores me sorprendían. Cuando los veía a cinco metros, iban a diez. Miré a los lados. No tenía con qué defenderme. Podía tirarle varios objetos y entretenerlos de un lado a otro, como lo vi en una película; pero no encontré nada.
 Los escualos poseen  un mecanismo biológico, pensé, creo que por encima de la cabeza, con el cual “raspan” las presas para probarlas, y si les gustan, las atacan. Por los cascos de los barcos suelen friccionarse. Mas yo estaba encima de una cámara de ómnibus. La base era una más débil malla por la humedad de varias  n o c h e s. No tenía noción del amanecer. Perdí el cuchillo, la escopeta, el bichero. Ni siquiera podía suicidarme.
Observé unas luces fosforescentes que emergían. Pasaron debajo de mí y me tambaleé. Desesperado di vueltas. Las dimos de verdad mi cámara y yo. Giramos. Noté como si la marea hubiera subido un poco. Por unos segundos escuché silbidos monótonos... psssss... y burbujas. Abrí más los ojos y quedé bizco para siempre, mientras una mano enmudaba el canto.
Si antes quería suicidarme, ¿por qué ahora no la quitaba de ahí? En minutos mis huesos se quebrarían. Leí que los dientes de los tiburones funcionaban como dagas. Pero quería grabar en mi memoria, no sé, tal vez con el objetivo de que los científicos o los psicólogos, qué sé yo, constataran que hasta en los últimos momentos yo quería salvarme.
 Mas no lo sabría aún. Los restos de mi esqueleto formarían parte de un museo internacional. Lloré como mi hija y abracé a mi esposa antes del final. Los tiburones llevan a las víctimas hasta el fondo, imaginé, lo demás lo dejo a la ocurrencia.
Al cansarme, cambié de mano. En el intervalo un “psss” se hizo  eco como una música sin letra. Subió más el nivel del agua, cuando un ruido de motor, iluminado, me parecía que tenía el Mal de Parkinson. Quité y puse la mano. Me equivoqué de sitio. Ya no sabía por dónde fue y me gritaron en otro idioma, al lanzarme una soga asida a un salvavidas, mientras los ojos fosforescentes se acercaban en zig-zag ascendentes, organizados, y mi cámara y yo quedábamos sin aire. Nos hundíamos.
Ahora sabré qué  ocurrirá.



Nota: Pueden continuar leyendo más  cuentos en Smashwords y en Amazón. Pertenece al volumen de cuentos El pescador y la cámara. Que disfruten su lectura.
Este cuento fue publicado en la popular revista digital Resonancias literarias, pincha aquí

2 comentarios:

Maria Patricia Corzo Serrano dijo...

Ese cuento da una rara sensación de angustia al verse convertido el médico en un pescador. Es literatura de ficción a pesar de tener un golpe de realidad cubana muy fuerte. A leerlo en Pan con tomates verdes!

Pedro Merino dijo...

Es así, María, y lo más importante es que pertenece a la ficción.