Nota: para leer la reseña en El País, pincha aquí También aparece un fragmento de la novela en Otro Lunes, Revista Hispanoamericana de CulturaEnvié un solo ejemplar a ese certamen literario, donde pedían tres. Pagué 10 pesos cubanos en la oficina de correos de Belascoaín y Carlos III, en Ciudad de La Habana. No solo salió de Cuba, también llegó a España aquel ejemplar computadorizado, con errores y tachaduras, hasta que a principios de enero de 2004 pude enterarme, através de una llamada telefónica, que había obtenido ese premio.
Fragmentos de la novela Quinta de la Caridad, XI Premio de Novela Breve Juan March 2003, España (Fundación Bartolomé March)
Veitía se levantó del sillón y
fue hasta el librero y repasó con la vista el lomo de los libros. Extrajo títulos sugestivos sobre criminalística enviados por amigos de Europa Oriental. Las huellas, de S.R. Sámusev y El procesamiento de imágenes, de T.N. Selezniova, motivaron al oficial, sentado en el sillón.
La esposa lo llamó para que cenara y Veitía detuvo sus ojos en el poste de alumbrado. Un bombillo iluminaba la esquina. Centró la vista en la circunferencia amarillenta que emitía la luz del bombillo. Parpadeó unos segundos, quedó medio cegato e imaginó que corría atrás de un asesino.
La calle estaba húmeda; sin embargo, recordó que el día fue soleado para que lloviera de repente, cuando resbaló por un salidero albañal. Se levantó y vio al asesino atravesar un terraplén y ocultarse en un hierbasal. Veitía se dio cuenta que
no llovía porque el terraplén no le enfangaba los zapatos. Siguió persiguiendo al asesino y escuchó a su antiguo ayudante, rezagado, que le repetía que no se detuviera.
Sin saber por qué su mente se perdía en esa ficción logró volver a la realidad.
—Norberto –lo llamaba la esposa–, Norberto, ya hice el batido de mango.
Veitía se levantó del sillón y fue hasta el comedor. Sentado a la mesa probó el batido con una cuchara. Al lado un plato con un pan con jamón y queso esperaba ser probado. Le dio un mordisco y supo que tenía hambre.
En el ejercicio de masticar, comenzó a reproducir su último caso de homicidio. Chicha era una voz clave, cerca del lugar del crimen. Bajó el mordisco de pan con jamón y queso con un sorbo de batido. La comida ligera le hacía más bien que la pesada por la avanzada noche. El programa Prismas estaba a punto de acabarse, mientras meditaba acerca de la operación policial ejecutada antes del asesinato, del Delegado de la circunscripción que manejaba datos privados y de un informante desaparecido.
A cada rato Veitía viraba el cuello hacia el televisor. Un cortometraje respecto a un preso que coordinaba la fuga de la prisión con el sepulturero lo entretuvo durante unos minutos. El preso que deseaba fugarse le pidió al sepulturero que lo sacara del ataúd en el cementerio.
Veitía, entre un pensamiento y otro, mordisqueaba la merienda. Ya el preso salía de la prisión y sentía que bajaban
el ataúd con sogas a unos tres metros y a los granos de tierra que lo cubrían. El acuerdo era que el sepulturero lo desenterrara por la madrugada y desclavara el ataúd, todo
ello a cambio de mil dólares; sin embargo, pasaban los minutos, la media hora y, a punto de rebasar la hora, el preso vivo sintió el malestar de la estrechez del ataúd debido al preso muerto que aplastaba.
Veitía volvió a mordisquear la merienda y en fracciones de segundos se trasladó hacia la Quinta de la Caridad, mucha gente freía carne de puerco, mientras cinco hombres comenzaban un altercado. El caso estaba claro: era uno de ellos, pero por el escaso alumbrado, Chicha no le pudo decir con exactitud quién fue el asesino.
Tan cansado estaba el preso de esperar a que el amigo lo desenterrara y desclavara el ataúd, cuando, de pronto, encendió un fósforo y se viró para ver a su compañero: ¡era el sepulturero!
El programa Prismas terminó y el Noticiero Nacional de Televisión ocupó la pequeña pantalla. Veitía se levantó y apagó el televisor. Tragó el último sorbo de batido y disminuyó el dulzor con unos traguitos de agua al abrir el refrigerador y pegar sus labios al pomo.
Avistó el reloj y pensó en las ocho horas de descanso. La esposa lo llamaba desde el cuarto y Veitía le dijo que iba a despertar a los muchachos, mientras caminaba hacia ella. Pasó el cuarto de los hijos y la hija tosía. Veitía abrió la puerta y la vio dormida. Cerró la puerta y se dirigió a su cuarto.
— ¿Qué tenía? –preguntó la esposa.
—Nada, tosió un poco.
—Por la noche la vi preocupada... los exámenes de ingreso a
la Universidad.
—Sí, la tensión –dijo Veitía–, también la tuve.
—Estás raro, ¿un nuevo caso de...?
—Más o menos.
—No sé por qué siempre me doy cuenta.
—Porque las mujeres son chismosas.
La esposa espiró una burla y se quitó la bata, sentada en la cama. Los senos quedaron empinados hacia Veitía.
— ¿No me vas a a t e n d e r, querido?
—Como no, siempre tengo reservas.
La esposa se levantó y la bata cayó al suelo, discriminada por los pies que la patearon contra la pared.
— ¡Oh... eres una Maja desnuda! –exclamó Veitía.
—Todavía me falta... –ella le señaló el blúmer.
Veitía dio la vuelta y se le acercó. La esposa estaba de pie y él se agachó y le fue bajando el blúmer con los dientes, sin usar las manos. En esos instantes ningún pensamiento saboteaba al investigador de homicidios. Ni el asesino tras el cual corría hace un rato ni el cortometraje de Prismas. La Quinta de la Caridad no existía en su conciencia, ni su jefe, el coronel Pupo. Una vez que el blúmer se deslizó por los muslos y bajó a más velocidad por las piernas y cayó en los pies, la esposa lo condenó en compañía de la bata.
El criminalista se desvistió sin contratiempo, mientras la esposa lo contemplaba:
—Ay, mi amor, qué fuera de mí... no sabes la falta que me haces.
Veitía se frotaba los testículos con las manos y por el pene comenzaba a circular la sangre y a inflarlo.
—Yo no puedo creer, querido, que me haya metido eso.
—Chúpamelo.
La esposa se sentó en la cama y Veitía, de pie, le facilitó la succión. Sintió el lengueteo y el cerebro y el corazón se le
desesperaron. Las piernas le temblaron y varios chorros de "leche" salpicaron a la esposa por el cabello, por un ojo, y le bajaron por el rostro y le cayeron goticas en los muslos. Ella se revolvió la "leche" por la cara y lo agarró por las manos y él se le fue encima.
Tras un respiro el peso del criminalista le propició un placer con movimientos dentro de la vagina. De boca a boca intercambiaron besos, salivas, mientras ella le arañaba la espalda con suavidad y empujaba las piernas de él hacia su "coño" mediante ayes afirmativos y frases ininteligibles.
Por momentos ella estaba debajo, luego él se viraba y ella cabalgaba un armónico baile sin más música que el silencio y repasaba con meneos los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste, encima del marido.
Por momentos ella estaba debajo, luego él se viraba y ella cabalgaba un armónico baile sin más música que el silencio y repasaba con meneos los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste, encima del marido.
El criminalista volvió a eyacular después de una hora y dio paso a la tranquilidad de su cuerpo brevemente. La esposa quedó vencida. Lo besó y comenzaron a conversar en estado de vigilia, tapados con la sábana.
—Pipo, ¿te vas temprano?
—A penas amanezca.
—Ay, recuérdame a qué edad fue tu primera vez.
—A los diez años, mima.
— ¿A los diez? –se viró asombrada hacia él.
—Ella me "violó".
—Y tú quisiste, ¿no?
—A esa edad qué no iba a querer, mi amor.
—Nunca me dijiste eso.
—Fue en una escalera.
—No chives.
—Verdá que sí. Y de pie.
— ¡Contrá, entonces te caíste!
—Ya empezaste con la mala idea.
—No, tú sabes, cuando te "vienes"...
—Eso no sucedió porque terminamos en el piso.
—A ver, ¿y todas las mujeres son iguales por ahí?
—Claro que no... algunas la tienen anchas; otras, estrechas.
Hicieron una pausa.
—Norberto, estoy preocupada.
—Por qué.
—Tu hijo anda con fulas.
— ¡No me jodas, pues que los suelte!
—Creo que se los cambia a un extranjero.
— ¿De dónde? ¿Quién es?
El criminalista se destapó el tronco, se echó hacia atrás y pegó la espalda a la cabecera de la cama. Se pasó las manos por la cabeza, sintió frialdad por la espalda y volvió a taparse junto con la esposa.
—Es un estudiante extranjero, pero de otra carrera.
— ¿Y qué hace con los fulas, mami?
—Ay, no sé, Norberto, creo que compra jabones y los vende en el campo.
—El no tiene necesidad de eso, mima, lo van a coger y voy a pasar tremenda pena.
"Voy a pasar pena... voy a pasar pena", se amplificaba en la mente de Veitía.
—Pipo, ¿te vas temprano?
—A penas amanezca.
—Ay, recuérdame a qué edad fue tu primera vez.
—A los diez años, mima.
— ¿A los diez? –se viró asombrada hacia él.
—Ella me "violó".
—Y tú quisiste, ¿no?
—A esa edad qué no iba a querer, mi amor.
—Nunca me dijiste eso.
—Fue en una escalera.
—No chives.
—Verdá que sí. Y de pie.
— ¡Contrá, entonces te caíste!
—Ya empezaste con la mala idea.
—No, tú sabes, cuando te "vienes"...
—Eso no sucedió porque terminamos en el piso.
—A ver, ¿y todas las mujeres son iguales por ahí?
—Claro que no... algunas la tienen anchas; otras, estrechas.
Hicieron una pausa.
—Norberto, estoy preocupada.
—Por qué.
—Tu hijo anda con fulas.
— ¡No me jodas, pues que los suelte!
—Creo que se los cambia a un extranjero.
— ¿De dónde? ¿Quién es?
El criminalista se destapó el tronco, se echó hacia atrás y pegó la espalda a la cabecera de la cama. Se pasó las manos por la cabeza, sintió frialdad por la espalda y volvió a taparse junto con la esposa.
—Es un estudiante extranjero, pero de otra carrera.
— ¿Y qué hace con los fulas, mami?
—Ay, no sé, Norberto, creo que compra jabones y los vende en el campo.
—El no tiene necesidad de eso, mima, lo van a coger y voy a pasar tremenda pena.
"Voy a pasar pena... voy a pasar pena", se amplificaba en la mente de Veitía.
Con este cuento nacieron los personajes del Capitán Veitía y el auxiliar Rodríguez:
La "LECHUZA" Y LAS CARNES (cuento).
I
—Según los niños este es el arrollo.
—Veitía, ¿tú sabes que por mi cuadra no veo gatos ni perros?
—Y por mi barrio igual... se joderá el ecosistema ése.
—Se han jodido tantas cosas. A propósito del solar que visitamos, ¿te gusta la madre del chamaquito que nos informó?
— ¿Y a ti no?
—La hija está mejor.
—"Rompe cuna"... ¡Eeeh!, ¿qué hará ese tipo a esta hora...?
—Son las tres de la mañana.
—Y con la carretilla cargadita, ¿le hacemos un registro?
—No, no, deja ver... adónde irá... despacio Rodríguez, suave.
—Va hacia el río, y es un joven con ropa de viejo.
—Parquea, vamos a pillarlo de cerca.
I
—Según los niños este es el arrollo.
—Veitía, ¿tú sabes que por mi cuadra no veo gatos ni perros?
—Y por mi barrio igual... se joderá el ecosistema ése.
—Se han jodido tantas cosas. A propósito del solar que visitamos, ¿te gusta la madre del chamaquito que nos informó?
— ¿Y a ti no?
—La hija está mejor.
—"Rompe cuna"... ¡Eeeh!, ¿qué hará ese tipo a esta hora...?
—Son las tres de la mañana.
—Y con la carretilla cargadita, ¿le hacemos un registro?
—No, no, deja ver... adónde irá... despacio Rodríguez, suave.
—Va hacia el río, y es un joven con ropa de viejo.
—Parquea, vamos a pillarlo de cerca.
II
En un extraño paraje de La Habana, Lechuza examinaba la zona. Veía a un gato a dos cuadras. Más adelante, en la esquina, un perro sarnoso se mordisqueaba. Volvía a concentrarse Lechuza. Las aceras eran peligrosas. Tenían huecos donde las ratas roían las migajas de alimentos. Vio a una y le lanzó un pedrusco. La rata convulsionaba del dolor, mientras la echaba en el saco que cargaba.
Lechuza caminaba por la calzada. Las entrecalles anunciaban más objetivos. La madrugada era calurosa. No hay un alma afuera, decía con mudez. Debajo de un puente observó a una turba de perros. Era un harén detrás de una perra. Se posesionó al lado de un árbol. Apuntó la flecha y la atravesó. El aullido despertó a un vecino por lo menos. Se acercó a la presa y la degolló con el cuchillo. El saco formaba una bolsa cada vez más abundante. Seguía en la andanza, madrugadas y madrugadas, desde la noche hasta unos minutos antes del amanecer.
Se deslizó por un trillo que conducía a un arrollo. La vecindad descargaba basuras. Divisó tuberías de aguas albañales. Con el reflejo de la luz, Lechuza vio mojones y partes descompuestas que asqueaban. Encima de una elevación rocosa se entretenía en contabilizar la cacería. Separaba las carnes de los huesos. Las cabezas las organizaba por tamaño. Se postraba delante. Rezaba. Hacía una reverencia. Luego se empinaba el saco. Salía a la calle. El amanecer amenazaba con desvelarle el cargamento.
Llegaba a casa y exhausto se dedicaba a empacar las carnes y acomodarlas en la nevera. Apenas titilaba el sol, Lechuza quedaba dominado en la cama. Se retorcía por las pesadillas del oficio carnal.
Ocho horas dormitaría. Por la tarde recorría las carnicerías en el carro de la carne donde no le exigían porque tenía horario abierto.
Cuando el arrollo quedaba lejos, iba a casa. Las presas comenzaban a apestar. Se disponía a descarnarlas. ¡Zas, zas!: el hacha separaba la carne del espíritu. Algunas sobrevivían todavia. En el tronco que le daba por la cintura desmembraba los tejidos, a los que les caía el sudor que se unía a las sangres anónimas. Deshuesaba a las víctimas. Echaba los huesos en sacos. Luego los ajustaba a la carretilla. Halaba la soga amarrada a las cajas de bolas y los arrojaba a un arrollo, en pocetas profundas. Observaba las burbujas como si desde los huesos flotara el alma. Retornaba al hogar. Pasaba noches desvelado. De día salía a inspeccionar la barriada en el carro de la carne. Veía perros y gatos por los tanques sanitarios. Memorizaba la zona. A los pocos días no zanganeaban las mascotas si se les escapaban a los dueños.
Tenía madrugadas sin éxitos. Cuando le fallaba la suerte, le daba por deambular por las plazas. Era hijo único. El padre fue a pelear a Angola y no regresó. La madre le cuidó hasta que la demencia la venció. Una vez preguntaron por ella y pasaron días y semanas y jamás se supo. Lechuza, así y todo, se abrió paso entre la jungla urbana. Lo llamaron para el servicio militar, pero a los meses le dieron baja por tratamiento psiquiátrico. Tuvo una novia que lo soportó un tiempo. Le baldeaba la casa. Una tarde se cansó de quitar las manchas marronas del piso y la pelambrera de los rodapié. No daba para más y, entre altas y bajas voces, se dejó de escuchar: desapareció.
Desde la adolescencia se aisló. En la juventud alcanzó la soledad crónica: más de cinco años. Siguió andando por los arroyos. Recorría los basureros y extraía objetos insignificantes. Movía con negación la cabeza, no me sirve, agregaba. Los vecinos se asombraban de lo introvertido que era. Lo veían con el saco a cuesta, sucio y manchado. La mirada encubría secretos que el físico disimulaba con atuendo octogenario. No molestaba a nadie y cuando veía el sol, raras veces, era para comprar los alimentos.
A veces abría la puerta calle y los mirones veían una nevera de dos metros de largo... pero qué guarda, se interrogaban.
Los vecinos contiguos escuchaban los roces de la chágara y el cuchillo. Era una música aguda que aguaba el paladar y desgarraba las vísceras. Luego oían un monólogo en voz alta como si practicara una obra de teatro. Después quedaba dormido por el azaroso trabajo de deshuesar los perniles, paletas, costillas, y organizar las cabezas por el tamaño.
Un vecino observó a media noche que depositaba unos sacos encima de la carretilla. Sintió una fetidez que espiraba por los agujeritos que los huesillos traspasaban y no le dio importancia.
Veía a un carnicero de vez en vez. Le entregaba los paquetes, y sólo le respondía con los ojos o la cabeza. Los clientes le miraban con fijeza. Jamás hizo preguntas a favor o en contra del precio y se marchaba contento en el carro de la carne.
El descanso nocturno le revelaba la mala suerte del desempleo. Cuando no hay trabajo, no se come, escuchaba. El hambre le descubría secretos. Era preciso salir cuanto antes con un saco y regresar cargado de animales. Sin embargo, nadie podía asegurar a quién se los compraba, de dónde los sustraía, porque era una casualidad conseguir lo que pocos encontraban en 1993.
Una tarde recorría uno de los arroyos y unos niños lo siguieron sin que desconfiara. Lechuza se introducía por túneles parecidos a emisarios submarinos por donde fluían los desechos albañales de la ciudad. Cuando se detenía, unas pisadas proseguían o viceversa. Hacía el recorrido cuando no veía mascotas por la barriada. Iba a las madrigueras de las ratas. Aprendía a chillar como ellas. En la confianza las agarraba y las ahogaba.
Los niños querían comprobar las pericias de Lechuza. En el barrio sospechaban que mataba gatos y perros, y que traficaba carnes y puré de tomates. Pensaban que robaba en una granja estatal o particular. ¿Cuál era? Lo vieron matar a un gato. Lo echó junto con las ratas. Lechuza iba apresurado. Anochecía. El grupo de niños se dividió. Una mitad lo seguía. La otra retornó a casa. El arroyo impulsaba basuras. Tenía anchuras y estrecheces a lo largo del cauce. Los niños brincaban como podían. Uno resbaló y calló al agua: era una poceta cuya profundidad le superaba la estatura. Los amiguitos gritaron cuanto pudieron. Se asustaron. Al desaparecer la última burbuja emprendieron la fuga. Lechuza escuchó los ecos. Retrocedió. Pudo distinguirle en el fondo. Sumergió las manos, la cabeza y la mitad del tronco. Aguantó la respiración y levantó el cuerpecito por los pelos.
Andaba más doblado, mientras se encimaba el saco. Pero un niño lo seguía. ¿Querría saber que haría con su amiguito? Lechuza caminaba sin preocupaciones. Se dirigía al hogar. Según chismes de la cuadra, en años nadie había entrado a la casa. Ni el propio carnicero. El descuido le hizo dejar entreabierta la puerta. El niño la atravesó sin hacer ruido. Se escondió detrás de un mueble ubicado en el pasillo central desde donde podía ver parte de la cocina y del comedor. El hogar tenía apariencia de magia: lo que era por afuera no lo parecía por dentro. Los cuartos se asemejaban a una carnicería. El sofá y las butacas estaban descosidos con las guatas desprendidas y manchadas. Había mesas y sillas por doquier ocupadas de pieles que un veterinario demoraría al nombrarlas. También vio ropas sucias y manchadas por el piso. Divisó un ángulo del patio con plumas de gallinas, patas de carneros, pelotas de cebo y un mosquero agitado. Al fondo brillaba la máquina de moler carnes. Un adulto pensaría que las mezclaba para elaborar pastas y picadillos con soja. Observó unos litros llenos de sangre y cajones con tomates maduros. Al lado, la nevera. Desocupó la mesa del comedor. El niño fijó más la atención. Lechuza abrió el saco. De pronto sintió una respiración asustada que corría hacia la puerta. Aunque el yale no se había cerrado, la puerta se mantenía pegada, impedía que se abriera con facilidad. Le lanzó un objeto. El niño gritó con esperanzas de salir. Zarandeó el yale hasta que la brisa le abrió el camino, mientras daba unos portazos.
—Pipo, te llaman.
El detective descolgó el manófono.
—Sí, Veitía... con Rodríguez, mi ayudante.
—Qué pasa –preguntó Yamila.
—Déjame –respondió Veitía–, es una denuncia... ¿Pero usted sabe por dónde... la descripción de la casa?... o.k ...
— ¿Más problemas? –insistió Yamila.
El capitán relajó sus nervios:
—Unos niños vieron ahogarse a uno que iba con ellos. Después lo recogió un hombre de cuarentipico... Lo siguió un chamaquito que no conoce calles, tú sabes... y el sustituto de mi jefe llamó.
— ¿Están de GUARDIA OPERATIVA?
—Pues claro.
Yamila sintió que la llamaban. Era una amiga que le contaba una increíble historia. La mujer de Veitía era hipocondríaca: sufría una enfermedad sin ser contagiada.
— ¿Ya está el almuerzo, Yamila?
—Sí.
— ¿Y los muchachos?
—En casa de mamá... Ay, pipo, estoy preocupada.
—Vaya, qué coño te pasa, ¿otra vez la migraña?
—Un hijo de María está hospitalizado por un pan con carne que comió.
—En qué lugar.
—Dice que a un merolico...
— ¿Ya ves? Yo no quiero que los muchachos coman por la calle.
—Desde que se cayó el campo socialista la proteína se perdió.
—Y al paso que vamos nos volveremos vegetarianos.
—Ni éso.
Después de unos minutos en silencio, se sentaron a la mesa. La alimentación balanceada les hacía pensar que algún día cercano faltaría un nutriente.
— ¿No vas a comer?
—A los niños les di dinero.
—Y qué, Yamila.
—Si compran algo...
—Ah, no me jodas.
—Han vivido poco.
Veitía no le hacía caso, mientras desmenuzaba un bistec. Yamila lo examinaba. Por momentos imaginaba que dentro de los trocitos los gusanos se movían como calandracas. Solo tomaba la sopa, donde mojaba bolitas de pan. Veitía acercó el plato de ensalada. Le pidió el puré de tomate.
— ¡Chuaf! –escupió en un papelito, Yamila–. No te comas éso.
—No me encojones, ¡qué pinga te pasa, chica!
—Es demasiado.
— ¡Vete o déjame comer!
Se levantó. En el cuarto recibió una llamada. Otro tono se entrometía. Pudo escuchar a Rodríguez. Le advertía que no comprara ningún alimento cárnico que no fuera "de la shopping". Colgó.
Yamila esperó que Veitía terminara de almorzar. Lo vio en el sillón: fumaba un habano. En los minutos que empleó en fregar los platos, Veitía iba a cerrar los ojos. Le dio una taza de café. Hay casos de intoxicación por La Habana, Norberto, me lo dijo una amiga,... en el Vedado, además de los lugares que no lo han reportado. Ya lo sé. ¿Y cómo...?. Acabo de hablar con mi auxiliar...
Lechuza llevaba madrugadas sin cazar; aunque era más eficaz que los de Zoonosis. Noches de desempleo. Salía más de día que de costumbre y contemplaba los tanques sanitarios que ninguna mascota osaba oler. Ni las tiñosas bajaban. Volvía a responder con los ojos o la cabeza y los secretos se les hacían transparentes. La hambruna era la esposa maldita y el subempleo le confería sentimiento de culpa.
Hastiado de tropezar con la huesería que le estorbaba de un cuarto a otro, estudió cómo botarla. Mediante un monólogo decía que el día le hacía sudar. Que la noche era una brisa ventilada sin cansancio. Acomodó la carga en la carretilla. Hizo la reverencia de siempre. Las cajas de bolas rodaban a la par del silencio fúnebre, mientras la ciudad dormía.
III
Activaron la intermitencia del vehículo. Separados a varios metros del auto lo siguieron. El sospechoso halaba la carretilla, estornudaba. Rodríguez se escondió detrás de un poste. Adelantó unos pasos hasta un jardín. Entre las plantas le podía ver el rostro. Veitía se le acercó:
—Coge el boquitoki.
—Parece extraño, ¿verdá?
—Comunícate con la Unidad.
K40, K40 para K10, cambio... Aquí K10, te copio QSA3, cambio...K40, K40 para K10, sospechoso de cuarentipico año hala carretilla y porta arma blanca...K40, te copio QSA5... K10, sospechoso abandonó sacos con huesos, mi compañero lo sorprendió y se dio a la fuga...K40, RPT RPT... te copio K10... k40, registre sacos... k10, RPT RPT... K40, inspeccione huesos... k10, son de cuadrúpedos... ¡no no que hay una calavera de infante!
Lechuza corría. Atrás Veitía. Lechuza vio el túnel que conducía al emisario submarino. Gateó por dentro. La estrechez, la oscuridad, y el orine de las ratas parecían despistar a Veitía. Se detuvo ante el túnel. Escuchaba a ranas o grillos y las zancadas de un cuadrúpedo en una infinita lejanía, como si se arrastrara para alejarse del descubridor.
De pronto los chillidos de las ratas y un grito humano, alcanzado por los proyectiles, se juntaban con un descargue a presión, a kilómetros de distancia, que inundaba el túnel y expulsaba los residuos hacia la costa, en un sector donde flotaban cámaras y los anzuelos encarnados se movían en centímetros de un lado a otro. Giraban.
Los criminalistas hicieron un recorrido por la costa y contemplaron a un cuerpo que flotaba.

13 comentarios:
Hola, Pedro. Me ha gustado muchìsimo el fragmento que has colgado de la novela. Sin duda es una de tus obras maestras.
Un saludo bien grande desde Italia.
Me gustó el fragmento de la novela. La compraré en Miami.
Congratulations!!
Amigo Pedro: Leerte atravez de esta novela es como volver a tu Cuba querida......... A un pais de misterios en donde la imaginacion se transforma en cada uno de tus personajes. Esta tu novela esta llena de misterio y de mucha imaginacion, de querer leer y leer mucho mas sobre cada uno de los que aqui aparecen. Yo te felicito porque se que lograras las metas y los exitos que te mereces.
Hola.
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.
Un saludo.
DAVID T.
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Thaks, Monalisa, i appreciat that. take care...
wao ,me gusto mucho ,te deceo todo lo mejor del mundo ,saludos
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I read this forum since 2 weeks and now i have decided to register to share with you my ideas. [url=http://inglourious-seo.com]:)[/url]
Thank U 4 sharing this with me ur friend Monalisa
Pedro,
Acabo de leer su novela, y no tengo otra opcion que felicitarlo. Narracion dinamica, llena de cubanismos, de un lenguaje genuino, sin afeites. La trama lo atrapa a uno, como si estuviese escuchando la historia contada por uno de esos amigos que saben robar nuestra atencion. Eres un narrador innato, y, sin lugar a duda, tu destino es escribir. Enhorabuena!
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