domingo, 25 de diciembre de 2016

Miquito @ Susel: cuentos para niños

FRAGMENTO de Miquito:
...La anciana apenas vio aquel cuadro de depredadores alrededor del miquito, comenzó a ¨ladrar¨ como esos perros. Quería que desistieran de su empeño, en asustar y acabar a mordiscos al miquito que deliraba tumbado en el suelo.

¡Eah, gritaba la anciana, apártense del monito, malvados…,y no lo muerdan! ¡Eah! ¡¡Eah!!
…Grruuu, le gruñía el perro guía, gruuu, váyase, no es asunto suyo…grruuu.
Los perros no tenían intenciones de obedecerla. Mientras más le gritaba la anciana, más se acercaban al monito.
La anciana optó por otra táctica: empuñó su bastón. Le apuntaba a los perros. Así estuvo durante más de media hora. El miquito dejó de moverse. El jefe de la manada de perros se retiró y sus secuaces fueron tras su cola.
En verdad la anciana no comprendía por qué se habían ido los perros.  No habían logrado morder al monito y abandonaban a su presa.
Cuanto estuvo más cerca del miquito, con su bastón empezó a palpar al monito. No le vio un rastro de sangre. Había acabado de cerrar sus ojitos. La anciana no sabía si para siempre. Con la compasión de madre se agachó y lo tomó en sus brazos. Aquel miquito no pesaba ni un kilo, ni una libra. Se estaba muriendo. Peor aún: deliraba por una enfermedad llamada hambre.
Claro que la anciana no sabía de lo que sufría el miquito. De lo contrario, sería muy difícil que hubiera cargado con ese monito delgaducho.
Lo envolvió en una sudadera que llevaba puesta. Durante varios días había estado lloviendo. El sereno, muy fuerte por aquellos días, había traído un brote de gripa en los humanos. Los miquitos y otros animales también sufrían de otras enfermedades, aparte de  la que aquejaba al ejemplar que cargaba la anciana. Solo que esa enfermedad se curaba con alimentos.

          Una criatura más,  repetía la anciana, que nada molesta...
FRAGMENTO de Susel:
De pronto vio que no se encontraban atrapados. Aquellos pajaritos no se encontraban atrapados, y que realmente estaban construyendo un nido en aquel muro colapsado por los vientos que había traído la tempestad.
A la curiosa Susel le llamó la atención lo que su mamá estaba haciendo. Había buscado en el bodegón de  la casa unas trampas y venenos contra las ratas.
          Oh, sí, repetía Susel, es veneno.
Lo sabía porque su papá había colocado trampas en el sótano de la casa que estaba levantada sobre bloques.

          No, mamá, le dijo, cuidado que no son ratas.
          ¿Qué dices, mi niña?
La mamá le hizo poco caso a la niña. Se dirigió hacia el patio para colocar las trampas:
          Seguro caerán, decía, ratones mugrientos.
Susel se fue tras ella y le dijo:
          Que no, mamá, son pajaritos.
          ¿Pajaritos, mi niña?
          Sí, mamá.


Terminó por señalarle a dos pajaritos que habían reanudado el vuelo...