domingo, 25 de diciembre de 2016

Tita y Tato & El pájaro gris: cuentos para niños

FRAGMENTO de Tita y Tato:
...Sin darse cuenta Tato bajó hasta esa rama. Volvía a preguntarle a Tita:
¿Cómo te llamas, preciosa? Recuerda que no debes posarte encima de esas jaulas.
Parecía que Tato jamás iba a llamarle la atención a Tita, quien seguía mirando hacia la jaula, y más aún, hacia su interior, donde había alimentos difíciles de conseguir.
Tita comenzó a revolotear encima de una de esas jaulas. Con sus patitas se aferró a una parte frontal de la jaula. Intentaba con su pico comer del alimento que se encontraba esparcido dentro de esa jaula. Pero no llegaba con su pico.

Aleteó un poco y llegó a la cima de la jaula y se posó. Tita sintió un vacío similar a la fuerza de la gravedad.  Era una fuerza que la atraía como un imán. Parecía que se la tragaba.  Al tocar el fondo de la jaula con sus patitas no se dio cuenta que estaba encerrada. La cantidad de alimentos le fascinaba.
Comenzó a picar y a tragar cuanto veía. Cuando ya a su buche no le cabía un grano  quiso volar entre los barrotes. Quería beber agua de un río que se veía detrás de unos árboles.
Entonces, Tato, muy triste, se acercó a la jaula y le dijo a Tita:
          ¿Ya ves? Si me hubieras escuchado no estarías así
          ¿Qué yo hago aquí?, ayúdame a salir.
     Te voy a ayudar, expresó Tato, pero dime cómo te llamas.
          Me llamo Tita, ¿y tú?
          A mí me dicen Tato.
          Bueno, ya sabes mi nombre. Ahora sácame de aquí.

Pero Tato no podía hacer nada por Tita. El cazador acababa de regresar. Portaba varias jaulas en un carro. La última jaula que colocó  en el vehículo fue la de Tita. Esa bella azuleja se sentía más triste que antes.  Se veía diferente. Solo que ahora era Tita la que llamaba a Tato...
FRAGMENTO de El pájaro gris:
...Cuando estuvo lo suficientemente cerca del pájaro gris, unos rayos de sol le encandilaron la vista. Pero pudo asirse a un gajo. Ahorró  calma, y así fue como pudo ver a otro pájaro gris que se movía mucho menos que su compañero. Se estaba disecando.
Raulito pudo ver que las patas  de uno de los pájaros se encontraban firmemente asidas a una rama. Aquello impedía que se cayera del árbol.  ¿Sería su compañera? Apenas circulaba esa idea en su cabeza.
Con mucho trabajo logró descender del árbol. Los amiguitos se quedaron tartamudos al verlo otra vez caminar junto a ellos.
          Bueno, le dijeron, cuéntanos qué viste.
A otro pájaro que estaba más quieto; no se movía; eran dos.
¿No se movía?, se preguntaron sus amiguitos.
Aunque tenía los ojos así como...
¿Los ojos...? ¿Qué más, Raulito, qué más viste?
Creo que no me vieron. No, creo que uno no veía.
¿Un pájaro ciego, Raulito?
No sé, caballeros, parece que se estaba disecando y brillaban menos sus plumas.
Esa misma tarde Raulito le contó a su hermanita Janniela su proeza. Se había quedado boquiabierta al escuchar a su hermanito.
          ¿Y por qué... por qué no se movía el otro pájaro?
Casi no veía, Janniela, no tenía ojos, no parecía tenerlos.
Oh, qué miedo... un pájaro sin ojos.
Cada vez que visitaban el parque, caminaban alrededor de aquel árbol. Le daban varias vueltas para buscar un ángulo que les  permitiera ver a los dos pájaros: a uno que apenas se movía y a otro completamente inmóvil...

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