domingo, 25 de diciembre de 2016

Gata amarilla: cuentos para niños

FRAGMENTO de Gata amarilla:
...La gata amarilla conocía el secreto que sus congéneres ignoraban: maullar. Maullaba y rozaba su cola por entre las piernas de los humanos. Así se comunicaba con ellos.
Solo que ahora, en esos instantes, solo veía una oscuridad dentro de la casa de sus dueños.
Así estuvo esperando un día.
Al segundo día esperó pacientemente que uno de sus dueños llegara.  Tampoco consiguió verlos de regreso. Pero el tercer día, si realmente era el tercero porque no sabía contar en orden consecutivo, se dio cuenta que habían llegado unos humanos a la supuesta propiedad de sus dueños.
Empezó a maullar desesperadamente.
Deben ser ellos, maullaba, a lo mejor me dan un poco de leche y mucho cariño.
Apenas la vieron la ignoraron. Comprendió que esos humanos eran diferentes.  Casi no se parecían a sus dueños.

La gata amarilla se asustó. Dejó de mover la cola y emitió unos maullidos que emiten los demás gatos que llevan  una vida huraña y salvaje, alejados de los humanos. Afincó sus patas y corrió cuanto pudo. Al virarse comprendió que ya su casa, o la casa de sus dueños, donde ella había nacido y crecido no se encontraba. En su lugar se esparcían  montones de escombros y una humareda que no permitía ver a sus alrededores.

Al cabo de unos días se percató que estaba sola. Se había quedado completamente sola. Pero tenía una esperanza. Aún conservaba un collar alrededor de su pescuezo que la hacía llamativa entre los gatos de la vecindad. También alguien podría identificarla y comunicárselo a sus dueños...

Pupy & Pancha: cuentos para niños

FRAGMENTO de Pupy, el ratoncito blanco:
...Ya casi Manny había dejado su rol de mediador en el conflicto contra Pupy.
Si me van a ajusticiar, expresó Pupy, tengo derecho a quejarme primero.
¡Qué ¨derechos¨ tú hablas!..., intervino Ayán, si los humanos los violan.
          ¡Sí, síiii!, gritaban varios grupos de ratones.
Jamás seremos tratados como mascotas, seguía hablando Ayán. Más bien nos aniquilarán. Reducirán a cero nuestra especie a través de venenos.
Permiso, dijo Pupy, si ustedes siguen  mordisqueando sacos de alimentos en los almacenes, los humanos seguirán envenenándolos…
¡Calla ese hocico rosado!, le interrumpió otra vez Ayán.
Si me han de comer, me habrán de escuchar, prosiguió Pupy. Pero recuerden que muy  pronto, después de tragarme, algunos de ustedes se convertirán en  una masa química. Seguro morirán como mi especie, la de ratones blancos. De lo contrario ya es hora de exigir nuestro derecho animal a convertirnos en mascotas… ¡y que nos traten  como tal! ¨Ratón es más que blanco, más que mulato, y más que negro.¨
Entonces solo se escuchó un silencio. Luego un grupo de ratones, aterrorizados por las palabras de Pupy, comenzaron a irse. Dejaban que otro grupo se encargara de probar la carne blanca de Pupy y que corrieran el riesgo de envenenarse por culpa de un ¨desecho químico, alias Pupy Uno, marca registrada¨.
Ya es la hora, le decía alguien en el interior de Pupy, ya es la hora de correr, de huir.
Pupy se lanzó a la corriente de agua que terminaba de salir con más firmeza por uno de los tubos. Se dejó llevar por el impulso de esa corriente hacia un destino fortuito. Si había logrado escapar de las prácticas de laboratorios, seguro escaparía de la encerrona en que se encontraba.
No sabía si aún lo perseguían aquellos a quienes les había predicado la tentación de ser una mascota. No podía creer que fuera recibido así por sus semejantes, porque eran ratones como él, aunque de diferentes especies o razas.
Pupy continuó agitando sus patitas. Levantaba lo más que podía su hociquito con tal de que no le entrara agua. Tampoco quería probar esa turbia agua. Había desconfiado igualmente del  agua que le servían en las jaulas de los laboratorios.

En cuanto vio un chispazo de luz natural, se hizo avanzar más con sus patitas. Quería salir cuanto antes de aquel mundo furtivo. De verás iba a salir. En verdad acababa de salir. Al instante vio una superficie seca. Caminó por allí con muchos escalofríos. Estornudaba. Pensaba iba a pescar un resfriado. Le esperaría una gripa después de unos días...
FRAGMENTO de La yegua Pancha:
...Había estado cortando hierba durante más de una hora. En su coche transportaba unas maderas para venderlas en el pueblo donde vivía.
Vamos, Pancha, le tiraba besos, dale... sigue, Pancha, sigue.
Y es que aquellos ¨besos¨ no eran más que órdenes, las cuales esa yegua interpretaba como una acción a cumplir. O sea, seguir adelante, camino arriba, camino abajo.
El cochero recordaba que muchas veces había estado a punto de comprarse un auto. Le fascinaban los autos. Más bien urgía cuanto antes de hacerse de algún vehículo de tracción con fines laborales. Pero como tenía escasez de recursos tuvo que conformarse con un coche y una yegua. Con una yegua llamada Pancha.
          Pancha, arriba, repetía, Pancha, abajo. Sigue, Pancha.
Apenas dejaba de hablar con su yegua, volvía de nuevo a vocearle su nombre y Pancha comenzaba a relinchar de felicidad por solo escuchar la voz de su amo.
Oh, mi yegua fina. A mí debieran darme una licencia de conducción. Mira qué bien conduzco.
El cochero se vanagloriaba de ser un gran chofer. Alardeaba que era el mejor de su pueblo porque nunca había tenido un accidente, y un poco que menospreciaba a su yegua.
Son mis manos las que te guían, Pancha. Oh, soy  un gran chofer. Mírenme, gente, vean al mejor chofer de carruajes... y de autos.
La yegua Pancha relinchaba. Hacía unas muecas con su bocaza para acomodarse los arreos y continuaba la marcha...

Miquito & Susel: cuentos para niños

FRAGMENTO de Miquito:
...La anciana apenas vio aquel cuadro de depredadores alrededor del miquito, comenzó a ¨ladrar¨ como esos perros. Quería que desistieran de su empeño, en asustar y acabar a mordiscos al miquito que deliraba tumbado en el suelo.

¡Eah, gritaba la anciana, apártense del monito, malvados…,y no lo muerdan! ¡Eah! ¡¡Eah!!
…Grruuu, le gruñía el perro guía, gruuu, váyase, no es asunto suyo…grruuu.
Los perros no tenían intenciones de obedecerla. Mientras más le gritaba la anciana, más se acercaban al monito.
La anciana optó por otra táctica: empuñó su bastón. Le apuntaba a los perros. Así estuvo durante más de media hora. El miquito dejó de moverse. El jefe de la manada de perros se retiró y sus secuaces fueron tras su cola.
En verdad la anciana no comprendía por qué se habían ido los perros.  No habían logrado morder al monito y abandonaban a su presa.
Cuanto estuvo más cerca del miquito, con su bastón empezó a palpar al monito. No le vio un rastro de sangre. Había acabado de cerrar sus ojitos. La anciana no sabía si para siempre. Con la compasión de madre se agachó y lo tomó en sus brazos. Aquel miquito no pesaba ni un kilo, ni una libra. Se estaba muriendo. Peor aún: deliraba por una enfermedad llamada hambre.
Claro que la anciana no sabía de lo que sufría el miquito. De lo contrario, sería muy difícil que hubiera cargado con ese monito delgaducho.
Lo envolvió en una sudadera que llevaba puesta. Durante varios días había estado lloviendo. El sereno, muy fuerte por aquellos días, había traído un brote de gripa en los humanos. Los miquitos y otros animales también sufrían de otras enfermedades, aparte de  la que aquejaba al ejemplar que cargaba la anciana. Solo que esa enfermedad se curaba con alimentos.

          Una criatura más,  repetía la anciana, que nada molesta...
FRAGMENTO de Susel:
De pronto vio que no se encontraban atrapados. Aquellos pajaritos no se encontraban atrapados, y que realmente estaban construyendo un nido en aquel muro colapsado por los vientos que había traído la tempestad.
A la curiosa Susel le llamó la atención lo que su mamá estaba haciendo. Había buscado en el bodegón de  la casa unas trampas y venenos contra las ratas.
          Oh, sí, repetía Susel, es veneno.
Lo sabía porque su papá había colocado trampas en el sótano de la casa que estaba levantada sobre bloques.

          No, mamá, le dijo, cuidado que no son ratas.
          ¿Qué dices, mi niña?
La mamá le hizo poco caso a la niña. Se dirigió hacia el patio para colocar las trampas:
          Seguro caerán, decía, ratones mugrientos.
Susel se fue tras ella y le dijo:
          Que no, mamá, son pajaritos.
          ¿Pajaritos, mi niña?
          Sí, mamá.


Terminó por señalarle a dos pajaritos que habían reanudado el vuelo...

Tita y Tato & El pájaro gris: cuentos para niños

FRAGMENTO de Tita y Tato:
...Sin darse cuenta Tato bajó hasta esa rama. Volvía a preguntarle a Tita:
¿Cómo te llamas, preciosa? Recuerda que no debes posarte encima de esas jaulas.
Parecía que Tato jamás iba a llamarle la atención a Tita, quien seguía mirando hacia la jaula, y más aún, hacia su interior, donde había alimentos difíciles de conseguir.
Tita comenzó a revolotear encima de una de esas jaulas. Con sus patitas se aferró a una parte frontal de la jaula. Intentaba con su pico comer del alimento que se encontraba esparcido dentro de esa jaula. Pero no llegaba con su pico.

Aleteó un poco y llegó a la cima de la jaula y se posó. Tita sintió un vacío similar a la fuerza de la gravedad.  Era una fuerza que la atraía como un imán. Parecía que se la tragaba.  Al tocar el fondo de la jaula con sus patitas no se dio cuenta que estaba encerrada. La cantidad de alimentos le fascinaba.
Comenzó a picar y a tragar cuanto veía. Cuando ya a su buche no le cabía un grano  quiso volar entre los barrotes. Quería beber agua de un río que se veía detrás de unos árboles.
Entonces, Tato, muy triste, se acercó a la jaula y le dijo a Tita:
          ¿Ya ves? Si me hubieras escuchado no estarías así
          ¿Qué yo hago aquí?, ayúdame a salir.
     Te voy a ayudar, expresó Tato, pero dime cómo te llamas.
          Me llamo Tita, ¿y tú?
          A mí me dicen Tato.
          Bueno, ya sabes mi nombre. Ahora sácame de aquí.

Pero Tato no podía hacer nada por Tita. El cazador acababa de regresar. Portaba varias jaulas en un carro. La última jaula que colocó  en el vehículo fue la de Tita. Esa bella azuleja se sentía más triste que antes.  Se veía diferente. Solo que ahora era Tita la que llamaba a Tato...
FRAGMENTO de El pájaro gris:
...Cuando estuvo lo suficientemente cerca del pájaro gris, unos rayos de sol le encandilaron la vista. Pero pudo asirse a un gajo. Ahorró  calma, y así fue como pudo ver a otro pájaro gris que se movía mucho menos que su compañero. Se estaba disecando.
Raulito pudo ver que las patas  de uno de los pájaros se encontraban firmemente asidas a una rama. Aquello impedía que se cayera del árbol.  ¿Sería su compañera? Apenas circulaba esa idea en su cabeza.
Con mucho trabajo logró descender del árbol. Los amiguitos se quedaron tartamudos al verlo otra vez caminar junto a ellos.
          Bueno, le dijeron, cuéntanos qué viste.
A otro pájaro que estaba más quieto; no se movía; eran dos.
¿No se movía?, se preguntaron sus amiguitos.
Aunque tenía los ojos así como...
¿Los ojos...? ¿Qué más, Raulito, qué más viste?
Creo que no me vieron. No, creo que uno no veía.
¿Un pájaro ciego, Raulito?
No sé, caballeros, parece que se estaba disecando y brillaban menos sus plumas.
Esa misma tarde Raulito le contó a su hermanita Janniela su proeza. Se había quedado boquiabierta al escuchar a su hermanito.
          ¿Y por qué... por qué no se movía el otro pájaro?
Casi no veía, Janniela, no tenía ojos, no parecía tenerlos.
Oh, qué miedo... un pájaro sin ojos.
Cada vez que visitaban el parque, caminaban alrededor de aquel árbol. Le daban varias vueltas para buscar un ángulo que les  permitiera ver a los dos pájaros: a uno que apenas se movía y a otro completamente inmóvil...

La cigarra muda & Foki el gozque: cuentos para niños

FRAGMENTO de La cigarra muda:
...Nunca en su vida había escuchado a un insecto cantar.  Joseíto nunca lo había escuchado. Pero aquella vez que lo tuvo delante de sus ojos, no podía creer que aquel insecto había detenido su canto.
Se hacen los dormidos, repetía un amiguito. Amarrémosle un cordel.
¿Cómo que un cordel?, se preguntaba Joseíto.
Sí, afirmó otro amiguito. Lo amarramos y le damos vueltas así.
Delante de Joseíto había amarrado a ese insecto. Le hacía dar vueltas en el aire como un remolino. Entonces la chicharra o la cigarra, que era el nombre de ese insecto, comenzaba a cantar.
En cuanto su amiguito se detenía, la cigarra dejaba de entonar su canto monótono. Cuando su amiguito descansaba un brazo, con el otro volvía a agitar a la cigarra, que de nuevo cantaba.
 Así estuvieron durante más de una hora hasta que Joseíto se cansó. Tanto Joseíto como sus amiguitos se agotaron al hacer girar, ya fuera hacia adelante o en sentido reverso, a varias cigarras. Todas estaban cansadas excepto una cigarra que se movía, pero no cantaba...
FRAGMENTO de Foki el gozque:
Lo animó a pasar. Gonzalo miró alrededor. Por ningún lugar vio cachorros.  Se respondió que se trataba de una burla. Debía ser una burla. Pero cambió de opinión al ver que esa persona que le había abierto la puerta llevaba en sus manos a un cachorrito profundamente dormido.
          Esto es un regalo, le dijo esa persona.
          ¿Seguro?, expresó Gonzalo, ¿no le debo nada?
          Sí. Excepto una cosa.
          Veamos de qué se trata.
No se lo voy a vender, decía esa persona, es un ¨regalo¨. Pero recuerda bien esto que le voy a decir: no puede abandonarlo porque le perseguirá una maldición.
¿Una maldición a mí?
Así mismo.
No creo en las maldiciones.
Este es el último. Ya regalé 4.
¿El último? Entonces me lo llevo.
Pero si abandona al cachorro desde ya le perseguirá una maldición.
Ya le dije, respondió Gonzalo, que no creo en las maldiciones. Tampoco lo voy a abandonar.



Aquella persona le depositó el cachorro en sus manos. Gonzalo sintió un ligero corrientazo en sus extremidades superiores. Se llenó de gozo, y con júbilo, debido a que había recuperado sus espejuelos y acababa de recibir gratis un cachorro que sin dudas se iba a convertir en su mascota.
          Te llamarás... Foki, le dijo al cachorrito.
En cuanto llegó a su casa sus dos hijos se contentaron al ver a aquella criatura que casi no podía andar sobre sus cuatro  patas. Le acariciaron su pelaje. Parecía una lana fina, de una piel muy codiciada en los mercados...

Adorables mascotas: cuentos para niños

FRAGMENTOS de Bené el "castorcito":

...Ahora estaba casi a punto de maldecir la hora en que había salido de casa.
Pero se hubiera quedado sin gusto la sopa, decía en         
voz baja.
Volvió a mirar hacia el cielo perforado y reventado, de donde salían flujos de aguas:
Si de esta no sobrevivo, quisiera que mi hijo conozca la vida.
Entonces haz una promesa, hija mía, le dijo alguien que no se sabía si era un hombre o una mujer.
Qué miedo, deliraba  la futura mamá de Bené, no sé quién es usted ni de dónde viene.
Soy yo, la voz que silba entre las montañas. Nada puedo hacer arriba en el cielo. Pero aquí abajo mando con absolución.
Está bien, respondió la hembra embarazada, ¿qué debo hacer?
Una promesa, hembra, que deberás cumplir. De lo contrario, se revertirá contra ti la maldición de las aguas y te ahogarás un día.
La futura mamá de Bené al no ver de dónde provenía aquella vozarrona obedeció.  E hizo la promesa de no salir más bajo una amenaza de tempestad.
          Hay una cosa, hija mía.
¿Cuál, dígame qué debo hacer, o  añadir a la promesa que hice? 
Tu hijo sobrevivirá, pero no crecerá mucho.
Bueno, con tal de que sobreviva me contentaré.
El nivel de agua comenzó a subir y la criatura se convirtió en el bebé Bené. La  mamá no podía creer que su naciente hijo hacía unos movimientos bajo el agua: nadaba. Movía los brazos y las piernas.
La mamá lo levantó para que pudiera respirar en la superficie, pero Bené, el nombre que le pusiera más tarde,  quería  seguir sumergido.
Al cabo de unos meses el niño Bené tenía el parentesco a una criatura aún. La mamá de Bené volvió a recordar a aquella voz que le repetía: ”Tu hijo sobrevivirá, pero no crecerá mucho”...

FRAGMENTO de El dóberman solitario: 
... Un día su dueño salió  por cuestiones de negocios. Había dejado a su dóberman en casa. Solo una puerta dejó abierta: la del fondo que conducía al patio.
El dóberman seguía corriendo de un lado a otro por toda la casa. Cada vez que escuchaba las zancadas de alguien, corría hasta el patio. Enseguida divisaba al autor de las zancadas  y emprendía a ladrarle. Como siempre,  ladraba poco, y se le quedaba mirándole.
 Aún le quedaban alimentos al dóberman. Solo que su amo continuaba ausente. Por lo general no era común que se ausentara muchos días. El dueño había calculado unas raciones de alimentos para equis días.
Siguieron pasando esos días. Los días no pasan por gusto. A causa de la soledad aquel dóberman consumía más alimentos que cuando su dueño se encontraba en casa. Como mascota, al fin y al cabo, necesitaba de alguien, de algún amo que le pasara la mano por la cabeza y el lomo. También necesitaba un baño cada mes. Y ya casi se estaba acercando el calculado y prometido baño que se merecía como buena mascota que era.
Los dóberman son perros muy vigilantes. Vigilaba cada centímetro de la casa. Seguía ladrando y mirando a los extraños caminantes que rondaban la propiedad. Cada día que pasaba era un día más sin ver a su amo. Sin recibir caricias. Así también disminuían las reservas de alimentos.
Poco tiempo después uno de esos vecinos que miraban mucho los alrededores se dio cuenta que el amo del dóberman se había ausentado demasiado tiempo. Comprendió que algo andaba mal. Que ya aquel perro en vez de ladrar, aunque lo hiciera poco, ahora gemía, sí, gemía casi como una persona...
FRAGMENTO de El sinsonte cantor:
...En un  nido de un gigantesco árbol se encontraba un pichón de sinsonte. Sus padres se sentían seguros de haber construido el nido en un lugar lejos de los humanos. Estuvieron huyendo de la tala de árboles y creyeron que en ese árbol no habría problemas.
El pichoncito se sentía muy solo. A veces trinaba demasiado y su trino volaba por el aire en busca de sus padres. El pichoncito se puso a recordar un consejo de su madre:
Mi pichoncito querido, cuando están volando aves o algunas se posen en el árbol, deja de trinar para que no te descubran.
Pero el pichoncito recordó muy tardíamente ese consejo. Había dejado de trinar. De repente, un ave muchísima más grande que sus padres comenzó a merodear por el árbol.
El pichoncito creyó que con su silencio iba a burlarse de aquella ave con un pico en forma de gancho que lo asechaba.
 Aquella ave volaba y revoloteaba por el árbol. Se fue acercando al nido. Fue metiendo su pico en los redondeles de pajas y plumas del nido hasta que al fin lo vio.
 El pichoncito rememoró otro consejo de sus padres:
Y recuerda esto también: cuando te descubra un ave, vuela e intenta esconderte abajo, en un hierbazal, que yo  o tu padre, te localizaremos con nuestros trinos.
Pero tampoco pudo volar el pichoncito. Sintió las  garras de aquella ave con un pico en forma de gancho que intentaba desprender el nido. Quería que su cría lo presenciara vivo a él, un pichoncito de sinsonte,  para practicar con sus piquitos en forma de ganchos e irlos introduciendo en su cuerpecito carnoso y  de pocas plumas...

domingo, 26 de agosto de 2007

El extravío (cuento)



(Literatura de ficción)
El extravío

Estaba allí. Tirado. Doblado en varias partes. Con el ómnibus en movimiento lo vi. Memoricé el lugar. Calculé los metros. Justamente detrás del Lada, parqueado en un parque. Seguro es un dólar. Pero dudé del valor. Sólo tenía la idea de bajarme, correr, buscarlo, encontrarlo. No era un billete verde olivo. Era verde. No podía parecerse a un Martí. Ni siquiera a un Maceo; aunque son de un verde claro.
Enseguida pensé en la cuantía del billete. De cinco. Diez. Quizás veinte. Cincuenta. A lo mejor de cien. Podía ser cualquiera de esos valores. Pero aún me encontraba en el ómnibus. La siguiente parada no quedaba lejos. Retrocedí mentalmente hacia el parque. El Lada continuaba parqueado. El billete doblado se estaba abriendo. Síntoma de los dólares. ¿Los demás billetes no hacen eso? No podía ser un euro por el color. Ni un yen. Ninguna moneda blanda. Tenía que ser un dólar. Y un dólar “gordo”. Vale pensar en grande. Soñar. Cambiar la realidad. Enriquecer la fantasía.
Delante de mí una persona impedía moverme hacia la puerta de bajada. Detrás, alguien pedía permiso, con ansias superiores a las mías. Supe que físicamente aún seguía en el ómnibus. Pero corría en busca del billete. Para encontrarte dinero necesitas dos factores: la suerte y la vista. Con suerte puedes ser lo que quieras. Con vista disfrutas de la suerte.
Sin embargo, no podía avanzar. Sentí halones a mi espalda, mientras los árboles de la calzada rozaban el ómnibus. Escuché gritos y pensé que el chofer había pasado la parada. Dudé del billete, pero fue corta la duda. Volví a sentir los halones y un roce en un bolsillo delantero. Al bajar la vista sorprendí   a   unos   dedos.   Eran  horribles.  Sucios.  De uñas largas. Me viré y no vi de quién.
Todavía pensaba en el billete. La parada se acercaba. Entre mis sienes me aproximaba al billete. En realidad debía bajarme en la otra parada. Pero si lo hacía me alejaba del billete.
De súbito me acerqué a la puerta de bajada. Sudaba. Sentía una frialdad. Un dolor de cabeza. Hasta que el aire fluyó  por la puerta de bajada. La claridad encandiló mis ojos. Bajé. Acalambrado caminé por la acera. Crucé la calzada. Me orienté en dirección al parque. Imaginaba que husmeaba alrededor del Lada. Entre mis sienes volví a ver el billete. Más verde aún. No quise mirar hacia atrás. Lo despejé. Llegué a la otra acera. A más de trescientos metros calculé el parque. Había sacrificado una parada. En estos momentos estaría subiendo la escalera de mi edificio. Tal vez me hubiera cruzado con un vecino. Lo hubiera saludado. Pero caminaba solo. Recto. Sin mirar atrás. Pensaba banalidades. Son los  vacíos de la ignorancia. Noté la diferencia de la brisa. El oxígeno. Las sombras de los árboles. Me viré y vi la diferencia atrás: árboles talados. Ñongos. Pensé que así es la vida. Nacer. Crecer. Fallecer. Seguí adelante. Recobré el recuerdo del billete. Ya estaría más abiertico. Enseñando la carota del mártir. ¿Pero alguien no se lo habría encontrado? ¿Cuánta gente lo habrá pisoteado? El chofer. ¡El chofer del Lada! Se lo habrá encontrado. A lo mejor era de él. No. Dios no es un sinvergüenza. Es mío... ¡Míralo allí! Qué vista de águila. Diría que de espía. Me acerco más. Hay personas en dirección... Tengo que correr.  Pero... el niño, el niño tropezó y cayó delante. Lo ha visto. Lo ha recogido. Se ha mandado a correr.  Lo sigo. Ya no corre.  Bueno, es un niño. Lo gastará
en mierdas. Le pertenece y me despido del billete. Adiós, papelito de la felicidad. Quedaste en pobres manos.

El pescador y la cámara (cuento)


(Literatura de ficción)
El pescador y la cámara


Desperté antes que el reloj. Cambié el atuendo de médico por el de pescador. Tomé un desayuno ligero y bajé la escalera sin saber a qué hora de la tarde la volvería a pisar. No tenía otra alternativa: la escasez prolongada es hambre.
Llegué a pie hasta el Malecón y en la ponchera de Prado inflé la cámara para lanzarme a la contaminación de la bahía.
La mayoría de los pescadores se tiran de noche y no soy la excepción. Sin embargo, decidí hacerlo una vez por la mañana.
Comprobé que la cámara me soportaba y remé más allá del Morro, a tal distancia que divisé el lado de la salida del túnel.
Dije que por la mañana me tiré. Pero el día se fue oscureciendo. Se hacía menos visible y, en un descuido, dejé caer el remo. No importa, me animé, regreso de manos.
Encarné el anzuelo y lo lancé. Inexplicablemente perdí el conocimiento. Por la noche abrí los ojos y las olas me presionaron hacia las profundidades. No veía sino tinta negra que me manchaba y el gusto salado hizo empinarme de una botella de agua. El sonido de las olas me habló en otro dialecto, como si me dijera que viajaría lejos.
Fue como sentarse en un ómnibus al revés: quería regresar y me alejaba. Vi la pista marítima que se le hacían huecos, pequeños, grandes, muchos más grandes, mayores y mayores. Las ondas que abrían, me podían tragar. Desde arriba escupían y me mojaban. Empapado y segado, perdí la ubicación de donde estaba.
Cuando uno está perdido le pregunta a un transeúnte la parada o las señas del lugar adonde va. Sin embargo, me vi solo y comprendí que la soledad absoluta es como esperar la muerte.
Recordé los retratos de mi esposa, de mi hija, me vi yo. Pero era otro. Seco, vestido, de pie. Aquí estaba agachado, mojado, me movía de posición, cuando la circulación me obligaba a estirar las piernas y darle patadas a la noche.
Ya dije que me tiré de día y olvidé llevar una vela. No podía ver nada.

La expulsión (cuento de ciencia-ficción y realismo mágico)



(Literatura de ficción)
La expulsión

La profundidad nerviosa movía y emergía pesadas basuras por la playa. Los bancos de arenas se desmoronaban y dejaban precipicios que los microorganismos vivos y muertos subían de repente impregnados en un objeto cilíndrico, cuya masa sonaba como metal contra los caracoles y piedras, embarrado de algas.
La marea subía y empujaba, entre el agua y la arena, los restos perdidos. El objeto iba y venía de un lado a otro por su forma. Rodaba sin pararse en un lugar. Brincaba porque no se dejaba dominar después de varios siglos tragado por las arenas. Volvía a emerger por la corriente que quería echarlo fuera de su hábitat.
Silbaba por los choques con otros desechos antiquísimos. Daba vueltas y se postraba, hasta que varias olas lo impulsaron hacia la orilla. Giraba y brillaba el cobre. Las puntas de las olas tendidas no lo rozaban, mientras el viento le hacía remolinear por la superficie arenosa. Aún sin brisa se movía.
Quedaba tranquilo, pero a medida que el sol se encaramaba, un fulgor encandilaba la vista de dos pescadores.
De lejos parecía un pez, de cabeza y cola, mutilado. Tenía la aproximación a una obra de arte. Los pescadores, después de amarrar el bote al muelle, se sintieron atraídos por el objeto. La pesca fue mezquina, pero uno de ellos lo vio y lo encestó junto a los pescados. El otro no le hizo caso y le criticó la carga inútil.
Caminaron hacia el poblado, uno resignado, el otro esperanzado. Cada quien se desvió en pos de su hogar. El de la pesada carga comenzó a imaginarse el contenido del objeto, las manos no se unían al asirlo y la longitud no superaba media braza.
En casa repartió la pesca con la familia y se llevó en la jaba el objeto. En el patio lo sacó y observó un sudor ferroso que espiraba. Buscó instrumentos para deformar la estructura. Le asestó golpazos hasta dejarle chichones y abolladuras. Lo agitó con brusquedad y esta vez desde la “barriga” parecían brincar monedas o joyas. Imaginó la más ambiciosa fantasía. Pero extenuado por el hambre, postergó la manera en que haría vomitar la entraña del objeto.
Por la noche, después de la cena, miró al hallazgo que le refulgía una sombra extraña. Un gaseoso olor le hizo toser y lo ocultó en el cuarto de desahogo.
Al despertarse recordó un sueño donde, por la tarde, un galeón español había encallado en los farallones y en la orilla distinguió a mujeres y hombres harapientos, contó a varios niños, y varios cuerpos inflados que las olas reventaban contra los dientes de perros, volvían a restregarlos y un color marrón teñía los alrededores; pero vio más: unos negros con taparrabos saltaban y gritaban alrededor de los blancos, mientras un negro vestido oraba mediante convulsiones arrítmicas en el mismo lugar donde encontraron el objeto cilíndrico.
Fue hasta la playa y notó que había pescados reventados. Pensó en la contaminación del agua o que habría un tesoro en los bancos de arenas. Varios días repitió la inspección, pero no emergió nada.
Habló con un biólogo marino y le explicó que cualquier hallazgo que se descubriera, pertenecía al patrimonio nacional porque estaba en la plataforma insular del país. Que si era de valor histórico tenía que devolverlo.
Dejó de pescar. Día y noche pensaba en el objeto. Esperaba con inteligencia operarle el vientre. Consiguió una sierra. Pero los dientes del disco se le partían al más leve contacto con la piel de cobre. El motor no tenía potencia. Las huellas de los intentos por penetrarlo se pronunciaban más; sin embargo, el sonido a monedas seguía tintineando desde dentro.
Buscó un berbiquí y observó que la punta del barreno echaba un humillo y desplegaba un olor a quemado. No podía penetrar el objeto. No había forma. Seguía con los deseos. La reserva del encuentro del hallazgo la mantenía con cautela. En cualquier instante podían decomisarle el regalo del mar.
Desilusionado porque todavía no había abierto el objeto misterioso, decidió esconderlo quién sabe hasta que día.
Pasaron años sin que no supiera el secreto. El hijo mayor iba a casarse. El pueblo lo esperaba en la calle. Adentro él terminaba de ajustarse la corbata. La novia estaba sentada en el auto junto con el padre. El objeto todavía brillaba con las abolladuras y chichones. El joven lo abrazó con las manos. Lo colocó encima de las piernas, cuyos extremos sobresalían. Alzó el martillo que hizo una curva en el aire. Cayó encima del objeto el peso exacto, el golpe definitivo... La detonación rajó las paredes como un movimiento telúrico.

Quinta de la Caridad (Novela)

Nota: para leer la reseña en El País, pincha aquí     LITERATURA de FICCIÓN


Envié un solo ejemplar a ese certamen literario, donde pedían tres. Pagué 10 pesos cubanos en la oficina de correos de Belascoaín y Carlos III, en Ciudad de La Habana. No solo salió de Cuba, también llegó a España aquel ejemplar computadorizado, con errores y tachaduras, hasta que a principios de enero de 2004 pude enterarme, através de una llamada telefónica, que había obtenido ese premio.
 Según informó la fundación Bartolomé March, la novela presenta un "estilo ágil y vivaz, punteado de cubanismos sabrosos, toques fonéticos de distintas hablas habaneras y referencias a costumbres y productos de la vida ordinaria local". Fue seleccionada entre un centenar de obras.

Fragmentos de la novela Quinta de la Caridad, XI Premio de Novela Breve Juan March 2003, España (Fundación Bartolomé March):

Veitía se levantó del sillón y fue hasta el librero y repasó con la vista el lomo de los libros. Extrajo títulos sugestivos sobre criminalística enviados por amigos de Europa Oriental. Las huellas, de S.R. Sámusev y El procesamiento de imágenes, de T.N. Selezniova, motivaron al oficial, sentado en el sillón.
La esposa lo llamó para que cenara y Veitía detuvo sus ojos en el poste de alumbrado. Un bombillo iluminaba la esquina. Centró la vista en la circunferencia amarillenta que emitía la luz del bombillo. Parpadeó unos segundos, quedó medio cegato e imaginó que corría atrás de un asesino.
La calle estaba húmeda; sin embargo, recordó que el día fue soleado para que lloviera de repente, cuando resbaló por un salidero albañal. Se levantó y vio al asesino atravesar un terraplén y ocultarse en un hierbasal. Veitía se dio cuenta que no llovía porque el terraplén no le enfangaba los zapatos. Siguió persiguiendo al asesino y escuchó a su antiguo ayudante, rezagado, que le repetía que no se detuviera.
Sin saber por qué su mente se perdía en esa ficción logró volver a la realidad.
—Norberto –lo llamaba la esposa–, Norberto, ya hice el batido de mango.
Veitía se levantó del sillón y fue hasta el comedor. Sentado a la mesa probó el batido con una cuchara. Al lado un plato con un pan con jamón y queso esperaba ser probado. Le dio un mordisco y supo que tenía hambre.
En el ejercicio de masticar, comenzó a reproducir su último caso de homicidio. Chicha era una voz clave, cerca del lugar del crimen. Bajó el mordisco de pan con jamón y queso con un sorbo de batido. La comida ligera le hacía más bien que la pesada por la avanzada noche. El programa Prismas estaba a punto de acabarse, mientras meditaba acerca de la operación policial ejecutada antes del asesinato, del Delegado de la circunscripción que manejaba datos privados y de un informante desaparecido.
A cada rato Veitía viraba el cuello hacia el televisor. Un cortometraje respecto a un preso que coordinaba la fuga de la prisión con el sepulturero lo entretuvo durante unos minutos. El preso que deseaba fugarse le pidió al sepulturero que lo sacara del ataúd en el cementerio.
Veitía, entre un pensamiento y otro, mordisqueaba la merienda. Ya el preso salía de la prisión y sentía que bajaban el ataúd con sogas a unos tres metros y a los granos de tierra que lo cubrían. El acuerdo era que el sepulturero lo desenterrara por la madrugada y desclavara el ataúd, todo ello a cambio de mil dólares; sin embargo, pasaban los minutos, la media hora y, a punto de rebasar la hora, el preso vivo sintió el malestar de la estrechez del ataúd debido al preso muerto que aplastaba.
Veitía volvió a mordisquear la merienda y en fracciones de segundos se trasladó hacia la Quinta de la Caridad, mucha gente freía carne de puerco, mientras cinco hombres comenzaban un altercado. El caso estaba claro: era uno de ellos, pero por el escaso alumbrado, Chicha no le pudo decir con exactitud quién fue el asesino.
Tan cansado estaba el preso de esperar a que el amigo lo desenterrara y desclavara el ataúd, cuando, de pronto, encendió un fósforo y se viró para ver a su compañero: ¡era el sepulturero!
El programa Prismas terminó y el Noticiero Nacional de Televisión ocupó la pequeña pantalla. Veitía se levantó y apagó el televisor. Tragó el último sorbo de batido y disminuyó el dulzor con unos traguitos de agua al abrir el refrigerador y pegar sus labios al pomo.
Avistó el reloj y pensó en las ocho horas de descanso. La esposa lo llamaba desde el cuarto y Veitía le dijo que iba a despertar a los muchachos, mientras caminaba hacia ella. Pasó el cuarto de los hijos y la hija tosía. Veitía abrió la puerta y la vio dormida. Cerró la puerta y se dirigió a su cuarto.
— ¿Qué tenía? –preguntó la esposa.
—Nada, tosió un poco.
—Por la noche la vi preocupada... los exámenes de ingreso a
la Universidad.
—Sí, la tensión –dijo Veitía–, también la tuve.
—Estás raro, ¿un nuevo caso de...?
—Más o menos.
—No sé por qué siempre me doy cuenta.
—Porque las mujeres son chismosas.
La esposa espiró una burla y se quitó la bata, sentada en la cama. Los senos quedaron empinados hacia Veitía.
— ¿No me vas a a t e n d e r, querido?
—Como no, siempre tengo reservas.
La esposa se levantó y la bata cayó al suelo, discriminada por los pies que la patearon contra la pared.
— ¡Oh... eres una Maja desnuda! –exclamó Veitía.
—Todavía me falta... –ella le señaló el blúmer.
Veitía dio la vuelta y se le acercó. La esposa estaba de pie y él se agachó y le fue bajando el blúmer con los dientes, sin usar las manos. En esos instantes ningún pensamiento saboteaba al investigador de homicidios. Ni el asesino tras el cual corría hace un rato ni el cortometraje de Prismas. La Quinta de la Caridad no existía en su conciencia, ni su jefe, el coronel Pupo. Una vez que el blúmer se deslizó por los muslos y bajó a más velocidad por las piernas y cayó en los pies, la esposa lo condenó en compañía de la bata.
El criminalista se desvistió sin contratiempo, mientras la esposa lo contemplaba:
—Ay, mi amor, qué fuera de mí... no sabes la falta que me haces.
Veitía se frotaba los testículos con las manos y por la pinga  comenzaba a circular la sangre y a inflarla.
—Yo no puedo creer, querido, que me haya metido eso.
—Chúpamelo.
La esposa se sentó en la cama y Veitía, de pie, le facilitó la succión. Sintió el lengueteo y el cerebro y el corazón se le
desesperaron. Las piernas le temblaron y varios chorros de "leche" salpicaron a la esposa por el cabello, por un ojo, y le bajaron por el rostro y le cayeron goticas en los muslos. Ella se revolvió la "leche" por la cara y lo agarró por las manos y él se le fue encima.