domingo, 25 de diciembre de 2016

Adorables mascotas: cuentos para niños

FRAGMENTOS de Bené el "castorcito":

...Ahora estaba casi a punto de maldecir la hora en que había salido de casa.
Pero se hubiera quedado sin gusto la sopa, decía en         
voz baja.
Volvió a mirar hacia el cielo perforado y reventado, de donde salían flujos de aguas:
Si de esta no sobrevivo, quisiera que mi hijo conozca la vida.
Entonces haz una promesa, hija mía, le dijo alguien que no se sabía si era un hombre o una mujer.
Qué miedo, deliraba  la futura mamá de Bené, no sé quién es usted ni de dónde viene.
Soy yo, la voz que silba entre las montañas. Nada puedo hacer arriba en el cielo. Pero aquí abajo mando con absolución.
Está bien, respondió la hembra embarazada, ¿qué debo hacer?
Una promesa, hembra, que deberás cumplir. De lo contrario, se revertirá contra ti la maldición de las aguas y te ahogarás un día.
La futura mamá de Bené al no ver de dónde provenía aquella vozarrona obedeció.  E hizo la promesa de no salir más bajo una amenaza de tempestad.
          Hay una cosa, hija mía.
¿Cuál, dígame qué debo hacer, o  añadir a la promesa que hice? 
Tu hijo sobrevivirá, pero no crecerá mucho.
Bueno, con tal de que sobreviva me contentaré.
El nivel de agua comenzó a subir y la criatura se convirtió en el bebé Bené. La  mamá no podía creer que su naciente hijo hacía unos movimientos bajo el agua: nadaba. Movía los brazos y las piernas.
La mamá lo levantó para que pudiera respirar en la superficie, pero Bené, el nombre que le pusiera más tarde,  quería  seguir sumergido.
Al cabo de unos meses el niño Bené tenía el parentesco a una criatura aún. La mamá de Bené volvió a recordar a aquella voz que le repetía: ”Tu hijo sobrevivirá, pero no crecerá mucho”...

FRAGMENTO de El dóberman solitario: 
... Un día su dueño salió  por cuestiones de negocios. Había dejado a su dóberman en casa. Solo una puerta dejó abierta: la del fondo que conducía al patio.
El dóberman seguía corriendo de un lado a otro por toda la casa. Cada vez que escuchaba las zancadas de alguien, corría hasta el patio. Enseguida divisaba al autor de las zancadas  y emprendía a ladrarle. Como siempre,  ladraba poco, y se le quedaba mirándole.
 Aún le quedaban alimentos al dóberman. Solo que su amo continuaba ausente. Por lo general no era común que se ausentara muchos días. El dueño había calculado unas raciones de alimentos para equis días.
Siguieron pasando esos días. Los días no pasan por gusto. A causa de la soledad aquel dóberman consumía más alimentos que cuando su dueño se encontraba en casa. Como mascota, al fin y al cabo, necesitaba de alguien, de algún amo que le pasara la mano por la cabeza y el lomo. También necesitaba un baño cada mes. Y ya casi se estaba acercando el calculado y prometido baño que se merecía como buena mascota que era.
Los dóberman son perros muy vigilantes. Vigilaba cada centímetro de la casa. Seguía ladrando y mirando a los extraños caminantes que rondaban la propiedad. Cada día que pasaba era un día más sin ver a su amo. Sin recibir caricias. Así también disminuían las reservas de alimentos.
Poco tiempo después uno de esos vecinos que miraban mucho los alrededores se dio cuenta que el amo del dóberman se había ausentado demasiado tiempo. Comprendió que algo andaba mal. Que ya aquel perro en vez de ladrar, aunque lo hiciera poco, ahora gemía, sí, gemía casi como una persona...
FRAGMENTO de El sinsonte cantor:
...En un  nido de un gigantesco árbol se encontraba un pichón de sinsonte. Sus padres se sentían seguros de haber construido el nido en un lugar lejos de los humanos. Estuvieron huyendo de la tala de árboles y creyeron que en ese árbol no habría problemas.
El pichoncito se sentía muy solo. A veces trinaba demasiado y su trino volaba por el aire en busca de sus padres. El pichoncito se puso a recordar un consejo de su madre:
Mi pichoncito querido, cuando están volando aves o algunas se posen en el árbol, deja de trinar para que no te descubran.
Pero el pichoncito recordó muy tardíamente ese consejo. Había dejado de trinar. De repente, un ave muchísima más grande que sus padres comenzó a merodear por el árbol.
El pichoncito creyó que con su silencio iba a burlarse de aquella ave con un pico en forma de gancho que lo asechaba.
 Aquella ave volaba y revoloteaba por el árbol. Se fue acercando al nido. Fue metiendo su pico en los redondeles de pajas y plumas del nido hasta que al fin lo vio.
 El pichoncito rememoró otro consejo de sus padres:
Y recuerda esto también: cuando te descubra un ave, vuela e intenta esconderte abajo, en un hierbazal, que yo  o tu padre, te localizaremos con nuestros trinos.
Pero tampoco pudo volar el pichoncito. Sintió las  garras de aquella ave con un pico en forma de gancho que intentaba desprender el nido. Quería que su cría lo presenciara vivo a él, un pichoncito de sinsonte,  para practicar con sus piquitos en forma de ganchos e irlos introduciendo en su cuerpecito carnoso y  de pocas plumas...